Periodismo Musical

Annihilator

Este fue el tercer disco de la mítica banda canadiense Annihilator publicado en 1993 bajo el título genérico de «Set the world on fire». La papeleta que tenían que resolver Jeff Waters y los suyos no era cualquier cosa, ya que comenzaron su andadura con dos totems como son «Alice in hell» y «Never neverland», el intentar siquiera igualarlo se antojaba una tarea muy complicada. Tuvieron que lidiar con el hándicap de sufrir varios cambios en la formación, algo que se convertiría en una norma de aquí en adelante. El vocalista Coburn Pharr fue sustituido por Aaron Randall, Mike Mangini se hizo cargo de las baquetas ocupando el puesto de Ray Hartmann y Neil Goldberg llegaría para tocar la guitarra en lugar de Dave Scott Davies. El tema homónimo «Set the world on fire» abre fuego con un in crecendo inicial comandado por un demoledor sonido de bajo que desemboca en unos marcados breaks sobre los que van acoplándose las rugosas guitarras con ese regusto tan prog que siempre los caracterizó, todo ello mezclado con secciones intermedias de carácter más melódico. La identidad de la banda puede con ellos mismos, de esta manera se demuestra con el poso hard rock de la ochentera «No Zone», zapatilla y potencia en un directo corte ideal para los directos. «Bats in the belfry» tiene un reposado inicio que cambia de registro tornando en un atractivo híbrido de su característico thrash metal y hard rock. También hay espacio para un pildorazo acústico en «Snake in the grass» hasta que entra el resto de la banda formando un curioso contraste con pasajes de potente base rítmica que arropa los arpegios de guitarra, los cuales se alternan con con riffs más afilados. «Phoenix rising» pone el punto más intimista con una bonita balada electrificada y aderezos orquestales, tras esto le sigue el sólido groove de bajo de «Knights jumps queen» que sostiene su rocoso medio tiempo combinando melodía con agresivos coros. «Sounds good to me» directamente no parecen los Annihilator de sus anteriores trabajos, un amable corte casi desprovisto de distorsión más cercano al rock melódico que al thrash. Recuperan intensidad con la animada «The edge», melodías armonizadas de guitarra en un quedón corte de aire desenfadado con un interludio muy melodioso. El intrincado riff de «Don’t bother me» nos devuelve por momentos a sus dos trabajos anteriores, así como por su marcado ritmo marcial. El final llega con «Brain dance», que juega con la dualidad de su vertiente más técnica progresiva con su otra cara más accesible a la primera escucha. Es un gran disco a la altura de los músicos que lo grabaron, sólo que difiere de los dos primeros álbumes.
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